
mayo 13, 2026
Durante los últimos tres años, el mundo ha operado bajo un espejismo económico. Hemos disfrutado de la inteligencia artificial como si fuera electricidad casi gratuita: enchufábamos nuestros procesos, consultas y flujos de trabajo a modelos que cuestan miles de millones de dólares, pagando apenas una suscripción simbólica de «tarifa plana». Sin embargo, las señales de este 2026 son contundentes: el tiempo de tarifa plana de la IA ha terminado.
Estamos entrando en la fase de madurez del mercado, donde el precio comienza a alinearse con el coste real de producción. Para los inversores y líderes corporativos, este cambio no es solo un ajuste de presupuesto, sino una redefinición de la estrategia competitiva.
Del «Ancla de los US $ 20 » a la Facturación por Tokens
Nos acostumbramos a que la IA costara lo mismo que una plataforma de streaming. Pero a medida que pasamos de modelos simples (GPT-4 o Gemini Plus) a capacidades de frontera y agentes autónomos, la estructura de costos ha explosionado.
Gigantes como Microsoft (GitHub Copilot) ya han marcado la hoja de ruta para junio de este año: el paso de la suscripción fija a la facturación basada en el uso (Tokens). La unidad de medida ya no es el acceso, sino el token.
La Economía del Agente: Producir vs. Consumir
La gran diferencia hoy no es técnica, es económica. Debemos distinguir entre:
Un solo agente puede consumir hasta 200 veces más recursos que una pregunta de chat. Por tanto, la IA dejará de venderse como un software de escritorio para empezar a venderse como un «empleado digital» que factura por el valor y el esfuerzo que genera.
La Paradoja de la Eficiencia y la Nueva Brecha
Es cierto que la tecnología se ha optimizado. Tareas que en 2024 costaban US $ 4,500 en cómputo, hoy pueden resolverse por poco más de US $ 1 con modelos como Gemini 3 Flas. Sin embargo, esto no bajará la factura corporativa. El efecto rebote es real: al ser más capaz, le pedimos tareas masivas que antes eran impensables, disparando el consumo total.
Esto plantea un riesgo estratégico: la creación de una nueva brecha digital. No se tratará de quién tiene IA y quién no, sino de quién puede permitirse que la IA trabaje de verdad. La IA cara será para producir y ganar mercados; la barata será para el uso casual.
Visión Estratégica
La inteligencia ilimitada no existe. Alguien paga la factura de los chips, la energía y los servidores. Hasta ahora, lo pagaba el capital riesgo para capturar usuarios; a partir de ahora, lo pagará la eficiencia de las empresas.
La recomendación para el ecosistema corporativo y educativo es clara: el valor real de la IA en 2026 no está en el acceso, sino en la capacidad de orquestar estos agentes para generar un retorno que justifique su costo. La IA ya no es un gasto operativo menor; es una ventaja competitiva de capital.

Sylvia Santisteban es fundadora de Human Tecky Hub, consultora estratégica donde ayuda a las organizaciones a idesarrollar soluciones en la intersección humano/Inteligencia Artificial. Es economista por la Universidad del Pacífico y cuenta con un MBA internacional obtenido en el Reino Unido (University of the West of England), Francia (ICN Business School) y Alemania (Georg-Simon-Ohm Fachhochschule). Actualmente, es candidata a Doctora en Psicología Organizacional por la UPCH.
Con más de 20 años de experiencia internacional en Europa, EE. UU., Australia y Latinoamérica, ha liderado proyectos de gestión del cambio y rediseño de modelos de negocio para organizaciones globales Es autora del libro «Transformación Digital: Retos y oportunidades» (2021) y conferencista internacional en foros de tecnología y liderazgo.
Desde hace 17 años, comparte su experiencia como docente de postgrado en CENTRUM PUCP, especializándose en Estrategia y Liderazgo. Como mentora y estratega, Sylvia se dedica a humanizar la tecnología, asegurando que la adopción de la IA sea una herramienta de bienestar y eficiencia ética para las personas y las empresas.

El mercado de valores ha creado más riqueza a lo largo de la historia que casi cualquier otra actividad humana. Entonces, ¿por qué tan pocos inversionistas logran capturar una parte significativa de esa riqueza?
La respuesta es incómoda, pero clara: el mayor enemigo del inversionista no es el mercado. Es él mismo.
Estudios consistentes muestran una realidad persistente. Mientras el S&P 500 ha entregado retornos anuales promedio cercanos al 8-10% (incluyendo dividendos y ajustados por inflación) durante largos períodos, el inversionista promedio obtiene resultados notablemente inferiores. No porque elija peores activos, sino porque se comporta de forma muy distinta al mercado.
El patrón se repite con una consistencia sorprendente: la mayoría compra cuando el mercado ya ha subido con fuerza, atraída por el optimismo y el miedo a quedarse fuera. Vende cuando cae, impulsada por el pánico. Cambia de estrategia constantemente, persigue lo que ha funcionado recientemente y evita el dolor de corto plazo a toda costa.
En ese proceso, destruye gran parte de su propio rendimiento.
Este no es un problema de inteligencia o de acceso a información. Es un problema de psicología. Los seres humanos no estamos diseñados para invertir. Estamos diseñados para sobrevivir. Nuestro cerebro reacciona de forma visceral ante las pérdidas, busca recompensas inmediatas y siente una necesidad casi irresistible de “hacer algo” cuando las cosas se ponen difíciles.
Cada decisión emocional adicional tiene un costo. No solo financiero —comisiones, impuestos, spreads—, sino también de oportunidad y de paz mental. Vender en pánico, comprar por euforia o interrumpir un proceso consolidado genera fricciones silenciosas que, con el paso de los años, se convierten en una brecha enorme de patrimonio.
El mercado sube, baja, se recupera y avanza. No es predecible en el corto plazo, pero sí ha demostrado ser consistente en el largo plazo. El verdadero problema no radica en su comportamiento, sino en la incapacidad de la mayoría de permanecer en él durante los periodos difíciles.
La solución no pasa por saber más. Pasa por fallar menos.
Los inversionistas exitosos a largo plazo no son necesariamente los más brillantes ni los mejor informados. Son los más estructurados. Son aquellos que construyen un sistema claro —una base diversificada, reglas simples y un proceso disciplinado— y tienen la humildad de respetarlo incluso cuando su propia mente les ruega que hagan lo contrario.
Porque en las inversiones, más acción no significa mejor resultado. Muchas veces significa exactamente lo contrario.
La verdadera ventaja no está en predecir el mercado. Está en diseñar un proceso que te proteja de ti mismo. Un proceso que minimice las decisiones emocionales y maximice el tiempo que tu capital permanece invertido.
Al final, el mercado no premia a los más inteligentes. Premia a los que interrumpen menos. A los que no venden cuando duele. A los que no compran cuando todo el mundo está eufórico. A los que construyen una estructura sólida y tienen la disciplina para mantenerse en ella.
Esa es, probablemente, la lección más importante —y la más difícil— en el mundo de las inversiones.

Durante los últimos tres años, el mundo ha operado bajo un espejismo económico. Hemos disfrutado de la inteligencia artificial como si fuera electricidad casi gratuita: enchufábamos nuestros procesos, consultas y flujos de trabajo a modelos que cuestan miles de millones de dólares, pagando apenas una suscripción simbólica de «tarifa plana». Sin embargo, las señales de este 2026 son contundentes: el tiempo de tarifa plana de la IA ha terminado.
Estamos entrando en la fase de madurez del mercado, donde el precio comienza a alinearse con el coste real de producción. Para los inversores y líderes corporativos, este cambio no es solo un ajuste de presupuesto, sino una redefinición de la estrategia competitiva.
Del «Ancla de los US $ 20 » a la Facturación por Tokens
Nos acostumbramos a que la IA costara lo mismo que una plataforma de streaming. Pero a medida que pasamos de modelos simples (GPT-4 o Gemini Plus) a capacidades de frontera y agentes autónomos, la estructura de costos ha explosionado.
Gigantes como Microsoft (GitHub Copilot) ya han marcado la hoja de ruta para junio de este año: el paso de la suscripción fija a la facturación basada en el uso (Tokens). La unidad de medida ya no es el acceso, sino el token.
La Economía del Agente: Producir vs. Consumir
La gran diferencia hoy no es técnica, es económica. Debemos distinguir entre:
Un solo agente puede consumir hasta 200 veces más recursos que una pregunta de chat. Por tanto, la IA dejará de venderse como un software de escritorio para empezar a venderse como un «empleado digital» que factura por el valor y el esfuerzo que genera.
La Paradoja de la Eficiencia y la Nueva Brecha
Es cierto que la tecnología se ha optimizado. Tareas que en 2024 costaban US $ 4,500 en cómputo, hoy pueden resolverse por poco más de US $ 1 con modelos como Gemini 3 Flas. Sin embargo, esto no bajará la factura corporativa. El efecto rebote es real: al ser más capaz, le pedimos tareas masivas que antes eran impensables, disparando el consumo total.
Esto plantea un riesgo estratégico: la creación de una nueva brecha digital. No se tratará de quién tiene IA y quién no, sino de quién puede permitirse que la IA trabaje de verdad. La IA cara será para producir y ganar mercados; la barata será para el uso casual.
Visión Estratégica
La inteligencia ilimitada no existe. Alguien paga la factura de los chips, la energía y los servidores. Hasta ahora, lo pagaba el capital riesgo para capturar usuarios; a partir de ahora, lo pagará la eficiencia de las empresas.
La recomendación para el ecosistema corporativo y educativo es clara: el valor real de la IA en 2026 no está en el acceso, sino en la capacidad de orquestar estos agentes para generar un retorno que justifique su costo. La IA ya no es un gasto operativo menor; es una ventaja competitiva de capital.

La inteligencia artificial está acelerando todo: ideas, producto, ejecución, automatización, salida al mercado. Lo que antes tomaba meses, hoy puede tomar días. Lo que antes exigía estructura, hoy muchas veces exige algo más difícil: criterio.
Y eso está cambiando el juego completo.
Stanford reportó que en 2024 el 78% de las organizaciones ya estaba usando IA, frente al 55% del año anterior. Además, la inversión privada global en IA generativa llegó a 33.9 mil millones de dólares en 2024. No estamos hablando de una tendencia en exploración. Estamos hablando de una nueva base operativa para competir.
Eso tiene una consecuencia directa para el mundo startup: bajar barreras de entrada también baja el valor de muchas ventajas que antes parecían diferenciales.
Si todos pueden prototipar más rápido, escribir más rápido, producir más rápido y automatizar más rápido, entonces la ventaja deja de estar en hacer. Y vuelve a estar en entender.
Entender mejor el problema.
Entender mejor al usuario.
Entender mejor qué espacio de mercado vale la pena ocupar.
Y sobre todo, entender que usar IA ya no va a ser una ventaja competitiva. Va a ser lo mínimo.
De hecho, Y Combinator reveló que una cuarta parte de las startups de su batch W25 tenía codebases casi completamente generadas por inteligencia artificial. Eso no solo habla de velocidad. Habla de algo más importante: la ejecución se está volviendo commodity más rápido de lo que muchos imaginan.
Por eso creo que el futuro de las startups no se va a definir por quién adopte IA primero, sino por quién logre construir algo menos replicable con ella.
Porque la IA puede acelerar una compañía.
Pero no puede inventarle una posición.
No puede darle una mirada.
Y definitivamente no puede construirle una marca con algo propio que decir.
Vamos a ver más startups, sí.
Más MVPs, también.
Más eficiencia, sin duda.
Lo que todavía no está garantizado es ver más relevancia.
Y ahí es donde empieza lo verdaderamente escaso.

La tokenización de activos reales (Real World Assets, RWA) ha dejado de ser una promesa tecnológica para convertirse en una de las transformaciones más relevantes del sistema financiero global. Consiste, en esencia, en representar activos tradicionales —bonos, inmuebles, facturas, commodities o participaciones en fondos— como tokens digitales en redes blockchain, permitiendo su fraccionamiento, trazabilidad y transferencia casi instantánea.
Las proyecciones globales son contundentes: diversos estudios estiman que el mercado de activos tokenizados podría alcanzar entre USD 4 y 16 trillones hacia 2030, dependiendo del ritmo de adopción institucional. Este crecimiento no es casual. Responde a una necesidad estructural: hacer más eficientes, accesibles y líquidos mercados que hoy siguen operando con fricciones del siglo XX.
En América Latina, esta tendencia adquiere una relevancia particular. En una región donde el acceso al financiamiento es limitado y los mercados de capitales son poco profundos, la tokenización aparece como una infraestructura alternativa para democratizar la inversión y expandir el crédito productivo.
El ecosistema fintech latinoamericano ha mostrado un crecimiento sostenido en la última década, con miles de startups activas y una creciente adopción de activos digitales. Sin embargo, el verdadero potencial de la tokenización RWA en la región no está en el trading especulativo, sino en su capacidad de transformar activos tradicionalmente ilíquidos en instrumentos financieros dinámicos.
Los sectores con mayor potencial incluyen:
En este contexto, la tokenización no compite con el sistema financiero tradicional: lo complementa y expande, especialmente en segmentos donde la banca no llega o lo hace con altos costos.
Uno de los principales desafíos para el desarrollo de la tokenización en América Latina es la fragmentación regulatoria. Mientras algunos países avanzan hacia marcos más claros, otros mantienen zonas grises que limitan la escala de estos modelos.
Brasil se posiciona como el caso más avanzado. La Comissão de Valores Mobiliários (CVM) ha impulsado un enfoque progresivo mediante sandbox regulatorios y autorizaciones específicas para emisiones tokenizadas. Además, el desarrollo del Drex (la moneda digital del Banco Central) abre la puerta a una integración más profunda entre activos tokenizados y dinero programable.
Este enfoque permite algo clave: experimentar sin comprometer la estabilidad del sistema, generando aprendizajes regulatorios en tiempo real.
México cuenta con una de las primeras leyes fintech de la región. Sin embargo, su enfoque inicial no contempló plenamente la tokenización de valores. Esto ha generado un entorno donde la innovación avanza, pero con restricciones, especialmente en la emisión de activos financieros tokenizados.
Aun así, existe un espacio importante desde figuras como las SOFOMs y plataformas de financiamiento alternativo.
Chile ha avanzado recientemente con su Ley Fintech, con un fuerte énfasis en open finance. Si bien la tokenización aún no es el eje central, el país cuenta con condiciones institucionales para convertirse en un actor relevante en el corto plazo.
En Argentina, el contexto macroeconómico ha acelerado la adopción de soluciones alternativas. La tokenización emerge como una herramienta para preservar valor, acceder a financiamiento y operar fuera de restricciones tradicionales. Esto ha dado lugar a casos innovadores, aunque en un entorno regulatorio aún incierto.
En países como Perú, el desarrollo aún es incipiente, pero con señales claras de interés tanto desde el ecosistema fintech como desde los reguladores. La oportunidad radica en aprender de los early movers y diseñar marcos proporcionales desde el inicio.
En la región ya existen experiencias concretas de tokenización de activos reales:
Estos casos comparten una característica: no buscan reemplazar al sistema financiero, sino resolver ineficiencias específicas, como costos de intermediación, tiempos de liquidación o acceso limitado a inversionistas.
El caso brasileño merece especial atención. La combinación de regulador activo, sistema financiero sofisticado y adopción tecnológica ha convertido al país en un verdadero laboratorio de innovación.
El desarrollo del Drex introduce un elemento disruptivo: la posibilidad de integrar activos tokenizados con una moneda digital oficial, habilitando modelos de “delivery versus payment” programable y reduciendo riesgos operativos.
Esto posiciona a Brasil no solo como líder regional, sino como un referente global en la convergencia entre blockchain y finanzas tradicionales.
A pesar del avance, existen desafíos estructurales:
Superar estas barreras será clave para pasar de casos piloto a adopción masiva.
La tokenización de activos reales ofrece beneficios concretos para América Latina:
En una región donde el crédito es escaso y caro, esto no es menor: es potencialmente transformacional.
En los próximos 5 a 10 años, es probable que veamos una convergencia progresiva entre el sistema financiero tradicional y las infraestructuras blockchain.
Los bancos no desaparecerán, pero evolucionarán hacia nuevos roles. Las fintech seguirán siendo catalizadores de innovación. Y los reguladores tendrán el desafío de equilibrar estabilidad con experimentación.
La tokenización no reemplazará los mercados de capitales: los reconfigurará.
La tokenización de activos reales no es una tendencia pasajera. Es una evolución natural hacia mercados más eficientes, inclusivos y digitales.
Para América Latina, representa una oportunidad única: no solo adoptar una innovación, sino diseñar desde cero una nueva arquitectura financiera más accesible y competitiva.
El reto ahora no es tecnológico. Es institucional.
Y quienes logren entenderlo a tiempo no solo liderarán la innovación financiera en la región, sino que definirán el futuro de sus mercados de capitales.

En el dinamismo actual del sector financiero, las startups han dejado de ser meras competidoras para convertirse en los laboratorios de innovación que definen el futuro del capital. Sin embargo, en un entorno donde la Inteligencia Artificial (IA) promete eficiencia, surge una pregunta crítica para el inversionista y el líder de hoy: ¿En qué parte de la ecuación queda la confianza humana?
En mi opinión la verdadera transformación digital no reside en reemplazar el discernimiento humano, sino en potenciarlo. La IA tiene un mejor desempeño en activividades relacionadas a la creación de contenidos mientras que el ser humano supera los resultados en todas las actividades relacionadas a toma de decisiones estratégicas. Estamos frente a una realidad muy compleja que requiere trabajo combinado entre los seres humanos y las máquinas, y debemos desarrollar estrategias, estructuras y procesos con un nivel de innovación que debe evolucionar junto con la evolución de la tecnología.
La Sinergia «Humano-Máquina» en las Fintech
Las startups financieras están demostrando que la IA puede democratizar el acceso a la inversión. No obstante, el éxito sostenible de estas plataformas no depende únicamente de la potencia de sus algoritmos, sino de su capacidad para:
El Futuro: Estrategia con Alma
Para el ecosistema regional, el mensaje es claro: la IA es el copiloto ideal, pero el juicio crítico y la ética siguen siendo responsabilidad del piloto humano. No buscamos organizaciones que funcionen como máquinas, sino máquinas que permitan a las organizaciones ser más humanas.
La inversión más inteligente que podemos hacer hoy no es solo en tecnología, sino en el desarrollo de las competencias humanas que nos permitan liderar esa tecnología con criterio y visión de futuro.


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