Puerto de chancay desafía la soberanía peruano por un fallo judicial. Puerto de chancay desafía la soberanía peruano por un fallo judicial.
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Perú encaminado a pesar del Niño con sombrero

Perú encaminado a pesar del Niño con sombrero

junio 30, 2026

Dados los últimos acontecimientos que han ocurrido en nuestro país, los principales aspectos por destacar son los siguientes: 

El primer trimestre 2026 Perú creció a niveles de 3.5%. La economía viene sólida, apoyada principalmente por consumo e inversión privada.

Los commodities están ayudando mucho, sobre todo los metales como el oro y el cobre, los que están en niveles históricos altos. Estos niveles están sosteniendo en parte al país vía exportaciones y cuentas externas. Estas exportaciones son la principal razón de que el sistema financiero local se encuentre con una liquidez abundante de dólares. En este sentido, las tasas en dólares que ofrece la banca para empresas corporativas top es una de las más competitivas en la región. A 90 días cotizan a 3.74% (igual a la tasa SOFR, lo que significa que cobran al costo internacional del dólar) y a 180 días a 3.91% (SOFR a 3.88% ligeramente superior al costo internacional del dolar). Esto no tiene sentido pero es la respuesta a la cantidad de dólares que se parquean en la banca local a costo cero.

Si bien este año la agroexportación enfrentará un fenómeno del Niño, vale mencionar que esta ha sido el segundo motor de divisas del país en el 2025, superando los US$ 15,000 millones anuales. Para el presente año, se avizora un débil desempeño de las agroexportaciones (arándano y palta) en un contexto de deterioro de las condiciones climatológicas por el Niño Costero.

La construcción es un termómetro de la economía que viene siendo muy positivo, dado que los primeros 4 meses del año, el dinamismo de la actividad constructora aumentó (13,2% vs 6,7% en el 2025), impulsada por la fortaleza del mercado laboral y la expansión de los créditos hipotecarios. Se espera que esta dinámica persista en lo que resta del año.

La parte macro se ve sólida y bien manejada. El déficit y la deuda se mantienen controlados, mejor que la mayoría de los países de la región. La inflación se mantiene en niveles aceptables, se encuentra por arriba del rango y es muy factible que se realicen ajustes de tasas. Se prevé un 4% de inflación para el 2026.

A corto plazo, parecería que los riesgos no son financieros, sino que están asociados a “eventos climáticos” tales como El Fenómeno del Niño. Este afectará principalmente los sectores agrícola y pesca, además de daños en infraestructura. Ya es hora que el gobierno local y los gobiernos regionales junto con las autoridades pertinentes realicen inversiones estratégicas para reducir los riesgos y daños que genera este fenómeno climático recurrente. 

En relación con el tema político, ante la eventual derrota de Sánchez, la candidata Keiko Fujimori se vislumbra como la primera mujer en ser presidente del país bajo un proceso electoral. Si bien aún se espera la proclamación oficial del Jurado Nacional de Elecciones, un gobierno de derecha abrirá las puertas para un flujo importante de inversiones (que calculo ya se está preparando para diversos sectores de la economía). 

Al igual que el Perú, los países de la región están girando del socialismo a gobiernos de derecha, tal como las recientes elecciones en los países vecinos exceptuando Brasil. La guerra geopolítica que enfrenta al gobierno de EEUU contra China ha cobrado importancia en el último año en Latinoamérica. 

Todas estas corrientes nos hacen prever que los próximos años la economía debe tener un crecimiento importante y esperamos que se apunte a resolver problemas críticos de los sectores más necesitados para dejar de sufrir cada 5 años.

 

Sobre el autor

Benjamín Lazo

Administrador de empresas por la Universidad de Lima. Cuenta con un MBA de Centrum Católica. Banquero con más de 30 años de experiencia en el sector financiero laborando en bancos internacionales.

Actualmente se desempeña como representante de un banco extranjero con enfoque en banca corporativa.

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Confiar es bueno, verificar es vital.

Confiar es bueno, verificar es vital.

Existe una pregunta que el inversionista latinoamericano rara vez se hace con honestidad: ¿en qué estoy confiando realmente cuando digo que mi inversión es segura? No en qué instrumento eligió, ni en qué banco depositó su dinero, sino en qué tipo de certeza está apoyando esa decisión. Porque entre creer que algo es seguro y poder verificarlo hay una distancia enorme, y en esa distancia vive buena parte de la vulnerabilidad financiera de nuestra región.

Para entender esto, primero hay que definir qué hace transparente a un mercado. Un mercado verdaderamente transparente no es simplemente aquel que tiene regulación o cuenta con instituciones reconocidas. La transparencia real implica tres condiciones que deben coexistir: que la información sobre precios, volúmenes y participantes sea pública y accesible para todos al mismo tiempo; que el precio de los activos emerja de la interacción abierta entre oferta y demanda, sin que ningún actor pueda fijarlo de manera unilateral; y que cualquier persona, no solo los expertos, pueda auditar y verificar las transacciones sin depender de la palabra de nadie. Los mercados que más se acercan a este ideal son los de bonos soberanos de economías desarrolladas con registros públicos, los mercados de materias primas regulados en plazas como Chicago o Londres, y, desde un ángulo distinto pero igualmente válido, el mercado de Bitcoin, cuyo libro contable es abierto y verificable por cualquier persona con acceso a internet. ( y es aquí donde se puede abrir la controversia)

Sin embargo, cuando el inversionista latinoamericano busca dónde poner su dinero, rara vez parte de estos criterios. Y no es porque sea irresponsable o ignorante. Es porque su historia económica le enseñó a confiar de otra manera.

La región ha vivido décadas de inestabilidad financiera que dejaron cicatrices profundas en la memoria colectiva. La hiperinflación peruana de finales de los años ochenta e inicios de los noventa destruyó en pocos años los ahorros de generaciones enteras. El corralito argentino de 2001, que bloqueó el acceso a depósitos bancarios de millones de personas, llegó como espejo de advertencia al resto del continente. Las crisis cambiarias en Venezuela, Ecuador o Brasil en distintos momentos del siglo pasado consolidaron una idea central en la psicología del ahorrista latinoamericano: los instrumentos abstractos fallan, las promesas se incumplen, y cuando todo colapsa, lo que queda es lo tangible.

De esa historia nació una ecuación mental que todavía domina las decisiones de inversión en la región: seguridad es igual a institución conocida más respaldo estatal. El inversionista latinoamericano promedio no evalúa un producto financiero preguntándose si puede verificarlo de manera independiente. Se pregunta quién lo respalda. Y si la respuesta incluye un banco grande, un organismo regulador o el Estado, asume que es seguro. Esa suposición, aunque comprensible desde lo histórico, es precisamente lo que lo hace vulnerable.

Esta forma de razonar produce tres patrones recurrentes que se observan a lo largo de toda la región. El primero es la preferencia por los depósitos bancarios sobre cualquier instrumento de inversión más sofisticado, porque el banco tiene ventanilla, nombre, y en muchos países un fondo de garantía de depósitos que da la ilusión de protección absoluta. El segundo es la inclinación por los bienes inmuebles, no como estrategia de diversificación sino como refugio emocional: el ladrillo se ve, se toca, no desaparece de un estado de cuenta. El tercero es la desconfianza profunda hacia todo aquello que no tiene una presencia física o institucional reconocible, lo que históricamente ha llevado a descartar oportunidades legítimas y, paradójicamente, a caer en esquemas fraudulentos que sí ofrecen una fachada visible pero ninguna transparencia real.

Lo que subyace a estos tres patrones es una confusión conceptual entre dos tipos de seguridad que son fundamentalmente distintos. El primero es lo que podemos llamar seguridad delegada: creo que mi inversión es segura porque una entidad, un banco, un regulador, el Estado  me lo garantiza. Esta forma de seguridad depende enteramente de que esa institución no falle, no cambie de reglas, no sea capturada por intereses políticos y no colapse bajo presión sistémica. Es una seguridad de segundo orden: confío en quien dice confiar en el producto, pero no tengo manera propia de verificarlo. El segundo tipo es la seguridad estructural o intrínseca: creo que mi inversión es segura porque el mecanismo del producto mismo es verificable por cualquiera, independientemente de lo que diga cualquier institución. Aquí no hay intermediario epistémico. La seguridad no viene de una promesa sino de una arquitectura.

El inversionista latinoamericano casi siempre opera bajo el primer modelo. Y lo hace no por elección consciente sino porque nadie le enseñó que existe el segundo. La educación financiera en la región, cuando existe, tiende a enseñar productos que es un fondo mutuo, qué es un bono, cómo funciona una acción sin enseñar el criterio más profundo: la diferencia entre confiar en lo que alguien dice y poder verificar lo que un sistema hace.

Esta distinción tiene consecuencias prácticas muy concretas. Un depósito bancario en un banco con respaldo del fondo de garantía parece seguro porque la institución lo dice, porque el regulador lo certifica y porque millones de personas lo usan. Pero su seguridad real depende de la solvencia del banco, de que el fondo de garantía tenga recursos suficientes en caso de crisis sistémica, y de que el Estado pueda y quiera honrar sus compromisos. Cuando todas esas condiciones se cumplen, es efectivamente seguro. Pero cuando alguna falla ,y la historia latinoamericana muestra que han fallado la seguridad delegada se desvanece de la noche a la mañana. En cambio, un instrumento cuyo funcionamiento puede ser auditado de manera independiente, cuyas reglas no pueden ser alteradas por ningún actor unilateral y cuya historia transaccional es pública, tiene una seguridad de otro tipo: una que no depende de que alguien cumpla su palabra.

La pregunta entonces no es si el inversionista latinoamericano desconfía o no de las instituciones. Muchos desconfían profundamente, y con razones históricas válidas. La pregunta es si esa desconfianza lo lleva a buscar productos con transparencia intrínseca o simplemente a buscar otras instituciones en las que delegar la misma fe. En la mayoría de los casos, ocurre lo segundo. Se desconfía del banco local, pero se confía en el banco extranjero. Se desconfía del regulador nacional, pero se confía en el regulador estadounidense o europeo. Se cambia de institución, pero no se cambia de modelo mental.

Romper ese modelo requiere algo más que información financiera. Requiere desarrollar la capacidad de hacerse una pregunta simple antes de invertir: ¿puedo verificar esto sin que nadie me lo diga? Si la respuesta es sí, el producto tiene transparencia estructural. Si la respuesta es «tienes que confiar en X», entonces se está ante un riesgo institucional, no importa cuán sólida parezca X ni cuántos años lleve operando. Esa distinción entre lo verificable y lo prometido es la que separa al inversionista sofisticado del que simplemente encuentra una institución más grande en la que depositar su fe.

En Latinoamérica, enseñar esa distinción sigue siendo una tarea pendiente. Los sistemas financieros de la región han avanzado enormemente en términos de regulación, cobertura y acceso. Pero la cultura de inversión todavía está construida sobre la delegación más que sobre la verificación. Y mientras eso no cambie, el inversionista latinoamericano seguirá siendo sesgado entendiendo que el riesgo viene del agente intermediario, más no de la composición del mismo producto, he aquí el dilema de la renta fija y variable. 

 

#inversiones #educación #información #seguridad 

 

Competitividad en riesgo: el impacto del aumento de los costos logísticos

Competitividad en riesgo: el impacto del aumento de los costos logísticos

En los últimos cinco años, las cadenas globales de suministro han enfrentado más disrupciones que en las dos décadas anteriores. La pandemia, la crisis del Mar Rojo, las restricciones en el Canal de Panamá, las tensiones geopolíticas, el endurecimiento de las políticas comerciales y las nuevas exigencias de descarbonización del transporte marítimo han redefinido el costo de mover mercancías en el mundo.

La volatilidad dejó de ser un evento excepcional para convertirse en una condición permanente del comercio internacional. Para un país como el Perú, cuya economía depende del comercio exterior para dinamizar sectores como la minería, la agroexportación, la pesca, la manufactura y el retail, este escenario tiene implicancias que van mucho más allá del valor de un flete.

Cuando los costos logísticos aumentan, también se encarecen los insumos, se reducen los márgenes de las empresas, se inmoviliza capital, se retrasan inversiones y disminuye la capacidad para competir en mercados cada vez más exigentes. La logística, por tanto, no es únicamente un componente operativo de la cadena de suministro; es un factor determinante de la competitividad del país.

Las cifras ayudan a dimensionar el desafío. Más del 80 % del volumen del comercio mundial se transporta por vía marítima, según la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD). Por tanto, cualquier alteración en las principales rutas marítimas impacta directamente en los costos, los tiempos de tránsito y la confiabilidad de las cadenas globales.

El Perú enfrenta este escenario con brechas estructurales que limitan su competitividad. Diversos estudios de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) muestran que nuestros costos logísticos continúan siendo superiores a los de economías más desarrolladas y también al promedio regional. En algunos estudios sobre cadenas agroalimentarias peruanas, la logística representa aproximadamente el 50% del costo de producción de la cebolla, el 38% en la quinua, el 33% en la uva y el 21% en el café. Son cifras que reflejan el peso que tiene la eficiencia logística sobre la capacidad de competir en los mercados internacionales.

Esta situación coincide con uno de los momentos más importantes para la infraestructura logística del país. La entrada en operación del Puerto de Chancay abre una oportunidad para fortalecer la conexión del Perú con Asia y consolidar una posición estratégica en el comercio transpacífico. Sin embargo, la experiencia internacional demuestra que la infraestructura, por sí sola, no transforma la competitividad de un país.

Los puertos más eficientes del mundo forman parte de ecosistemas logísticos donde la infraestructura convive con carreteras adecuadas, procesos aduaneros ágiles, plataformas digitales interoperables, seguridad, talento especializado y una estrecha coordinación entre el sector público y el privado.

En ese sentido, el Perú aún mantiene desafíos importantes. De acuerdo con información del Ministerio de Transportes y Comunicaciones (MTC), al cierre de 2024 el 25.2% de la red vial departamental y solo el 3.4% de la red vial vecinal estaban pavimentadas. Estas brechas continúan limitando la conexión eficiente entre los centros de producción, los puertos y los mercados internacionales, lo que incrementa los tiempos de traslado y, por ende, los costos logísticos.

A lo largo de mi experiencia en el sector marítimo, he comprobado que muchas de las ineficiencias que afectan a las cadenas de suministro no responden a un solo actor. Se generan en la interacción entre equipos de trabajo, empresas, operadores logísticos, terminales portuarios, transportistas y entidades públicas. Por ello, mejorar la coordinación entre estos actores representa una de las mayores oportunidades para incrementar la competitividad del Perú.

Más que una discusión sobre tarifas de transporte, el incremento de los costos logísticos nos invita a reflexionar sobre el modelo de desarrollo que queremos impulsar. Si aspiramos a consolidar al Perú como un actor relevante en el comercio internacional, será indispensable continuar invirtiendo en infraestructura, acelerando la transformación digital, simplificando los procesos regulatorios y desarrollando el talento especializado para responder a un entorno cada vez más dinámico y demandante.

La competitividad de un país no depende únicamente de la calidad de sus productos o de la capacidad de sus empresas para innovar, también está estrechamente vinculada con la eficiencia del ecosistema que permite que esos productos lleguen a los mercados en el momento oportuno, al costo adecuado y con la confiabilidad que hoy exige el mercado internacional.

Por tanto, el incremento de los costos logísticos se convierte en un síntoma visible de un desafío mucho más profundo: la necesidad de construir un ecosistema logístico más eficiente, resiliente e integrado.

En este contexto, la logística ha evolucionado a adoptar un rol estratégico. Más allá de su función operativa, hoy constituye un habilitador de la competitividad, la inversión y el desarrollo económico. Reconocer esa evolución será clave para que el país convierta la logística en una ventaja competitiva sostenible y con mayor integración al comercio internacional.

Perú encaminado a pesar del Niño con sombrero

Perú encaminado a pesar del Niño con sombrero

Dados los últimos acontecimientos que han ocurrido en nuestro país, los principales aspectos por destacar son los siguientes: 

El primer trimestre 2026 Perú creció a niveles de 3.5%. La economía viene sólida, apoyada principalmente por consumo e inversión privada.

Los commodities están ayudando mucho, sobre todo los metales como el oro y el cobre, los que están en niveles históricos altos. Estos niveles están sosteniendo en parte al país vía exportaciones y cuentas externas. Estas exportaciones son la principal razón de que el sistema financiero local se encuentre con una liquidez abundante de dólares. En este sentido, las tasas en dólares que ofrece la banca para empresas corporativas top es una de las más competitivas en la región. A 90 días cotizan a 3.74% (igual a la tasa SOFR, lo que significa que cobran al costo internacional del dólar) y a 180 días a 3.91% (SOFR a 3.88% ligeramente superior al costo internacional del dolar). Esto no tiene sentido pero es la respuesta a la cantidad de dólares que se parquean en la banca local a costo cero.

Si bien este año la agroexportación enfrentará un fenómeno del Niño, vale mencionar que esta ha sido el segundo motor de divisas del país en el 2025, superando los US$ 15,000 millones anuales. Para el presente año, se avizora un débil desempeño de las agroexportaciones (arándano y palta) en un contexto de deterioro de las condiciones climatológicas por el Niño Costero.

La construcción es un termómetro de la economía que viene siendo muy positivo, dado que los primeros 4 meses del año, el dinamismo de la actividad constructora aumentó (13,2% vs 6,7% en el 2025), impulsada por la fortaleza del mercado laboral y la expansión de los créditos hipotecarios. Se espera que esta dinámica persista en lo que resta del año.

La parte macro se ve sólida y bien manejada. El déficit y la deuda se mantienen controlados, mejor que la mayoría de los países de la región. La inflación se mantiene en niveles aceptables, se encuentra por arriba del rango y es muy factible que se realicen ajustes de tasas. Se prevé un 4% de inflación para el 2026.

A corto plazo, parecería que los riesgos no son financieros, sino que están asociados a “eventos climáticos” tales como El Fenómeno del Niño. Este afectará principalmente los sectores agrícola y pesca, además de daños en infraestructura. Ya es hora que el gobierno local y los gobiernos regionales junto con las autoridades pertinentes realicen inversiones estratégicas para reducir los riesgos y daños que genera este fenómeno climático recurrente. 

En relación con el tema político, ante la eventual derrota de Sánchez, la candidata Keiko Fujimori se vislumbra como la primera mujer en ser presidente del país bajo un proceso electoral. Si bien aún se espera la proclamación oficial del Jurado Nacional de Elecciones, un gobierno de derecha abrirá las puertas para un flujo importante de inversiones (que calculo ya se está preparando para diversos sectores de la economía). 

Al igual que el Perú, los países de la región están girando del socialismo a gobiernos de derecha, tal como las recientes elecciones en los países vecinos exceptuando Brasil. La guerra geopolítica que enfrenta al gobierno de EEUU contra China ha cobrado importancia en el último año en Latinoamérica. 

Todas estas corrientes nos hacen prever que los próximos años la economía debe tener un crecimiento importante y esperamos que se apunte a resolver problemas críticos de los sectores más necesitados para dejar de sufrir cada 5 años.

 

Por qué la mayoría de los inversionistas fracasa (y cómo evitarlo)

Por qué la mayoría de los inversionistas fracasa (y cómo evitarlo)

El mercado de valores ha creado más riqueza a lo largo de la historia que casi cualquier otra actividad humana. Entonces, ¿por qué tan pocos inversionistas logran capturar una parte significativa de esa riqueza?

La respuesta es incómoda, pero clara: el mayor enemigo del inversionista no es el mercado. Es él mismo.

Estudios consistentes muestran una realidad persistente. Mientras el S&P 500 ha entregado retornos anuales promedio cercanos al 8-10% (incluyendo dividendos y ajustados por inflación) durante largos períodos, el inversionista promedio obtiene resultados notablemente inferiores. No porque elija peores activos, sino porque se comporta de forma muy distinta al mercado.

El patrón se repite con una consistencia sorprendente: la mayoría compra cuando el mercado ya ha subido con fuerza, atraída por el optimismo y el miedo a quedarse fuera. Vende cuando cae, impulsada por el pánico. Cambia de estrategia constantemente, persigue lo que ha funcionado recientemente y evita el dolor de corto plazo a toda costa.

En ese proceso, destruye gran parte de su propio rendimiento.

Este no es un problema de inteligencia o de acceso a información. Es un problema de psicología. Los seres humanos no estamos diseñados para invertir. Estamos diseñados para sobrevivir. Nuestro cerebro reacciona de forma visceral ante las pérdidas, busca recompensas inmediatas y siente una necesidad casi irresistible de “hacer algo” cuando las cosas se ponen difíciles.

Cada decisión emocional adicional tiene un costo. No solo financiero —comisiones, impuestos, spreads—, sino también de oportunidad y de paz mental. Vender en pánico, comprar por euforia o interrumpir un proceso consolidado genera fricciones silenciosas que, con el paso de los años, se convierten en una brecha enorme de patrimonio.

El mercado sube, baja, se recupera y avanza. No es predecible en el corto plazo, pero sí ha demostrado ser consistente en el largo plazo. El verdadero problema no radica en su comportamiento, sino en la incapacidad de la mayoría de permanecer en él durante los periodos difíciles.

La solución no pasa por saber más. Pasa por fallar menos.

Los inversionistas exitosos a largo plazo no son necesariamente los más brillantes ni los mejor informados. Son los más estructurados. Son aquellos que construyen un sistema claro —una base diversificada, reglas simples y un proceso disciplinado— y tienen la humildad de respetarlo incluso cuando su propia mente les ruega que hagan lo contrario.

Porque en las inversiones, más acción no significa mejor resultado. Muchas veces significa exactamente lo contrario.

La verdadera ventaja no está en predecir el mercado. Está en diseñar un proceso que te proteja de ti mismo. Un proceso que minimice las decisiones emocionales y maximice el tiempo que tu capital permanece invertido.

Al final, el mercado no premia a los más inteligentes. Premia a los que interrumpen menos. A los que no venden cuando duele. A los que no compran cuando todo el mundo está eufórico. A los que construyen una estructura sólida y tienen la disciplina para mantenerse en ella.

Esa es, probablemente, la lección más importante —y la más difícil— en el mundo de las inversiones.

El fin de la «IA subvencionada»: ¿Estamos preparados para la economía del agente?

El fin de la «IA subvencionada»: ¿Estamos preparados para la economía del agente?

Durante los últimos tres años, el mundo ha operado bajo un espejismo económico. Hemos disfrutado de la inteligencia artificial como si fuera electricidad casi gratuita: enchufábamos nuestros procesos, consultas y flujos de trabajo a modelos que cuestan miles de millones de dólares, pagando apenas una suscripción simbólica de «tarifa plana». Sin embargo, las señales de este 2026 son contundentes: el tiempo de tarifa plana de la IA ha terminado.

Estamos entrando en la fase de madurez del mercado, donde el precio comienza a alinearse con el coste real de producción. Para los inversores y líderes corporativos, este cambio no es solo un ajuste de presupuesto, sino una redefinición de la estrategia competitiva.

Del «Ancla de los US $  20 » a la Facturación por Tokens

Nos acostumbramos a que la IA costara lo mismo que una plataforma de streaming. Pero a medida que pasamos de modelos simples (GPT-4 o Gemini Plus) a capacidades de frontera y agentes autónomos, la estructura de costos ha explosionado.

Gigantes como Microsoft (GitHub Copilot) ya han marcado la hoja de ruta para junio de este año: el paso de la suscripción fija a la facturación basada en el uso (Tokens). La unidad de medida ya no es el acceso, sino el token.

La Economía del Agente: Producir vs. Consumir

La gran diferencia hoy no es técnica, es económica. Debemos distinguir entre:

  1. IA de Consumo (Barata): Útil para tareas simples, resúmenes o consultas rápidas. Esta seguirá siendo accesible.
  2. IA de Producción (Cara): Aquí entran los agentes. Un agente no solo responde; trabaja. Abre archivos, ejecuta código, valida errores y reintenta procesos durante 40 o 50 minutos sin supervisión.

Un solo agente puede consumir hasta 200 veces más recursos que una pregunta de chat. Por tanto, la IA dejará de venderse como un software de escritorio para empezar a venderse como un «empleado digital» que factura por el valor y el esfuerzo que genera.

La Paradoja de la Eficiencia y la Nueva Brecha

Es cierto que la tecnología se ha optimizado. Tareas que en 2024 costaban US $ 4,500  en cómputo, hoy pueden resolverse por poco más de US $ 1  con modelos como Gemini 3 Flas. Sin embargo, esto no bajará la factura corporativa. El efecto rebote es real: al ser más capaz, le pedimos tareas masivas que antes eran impensables, disparando el consumo total.

Esto plantea un riesgo estratégico: la creación de una nueva brecha digital. No se tratará de quién tiene IA y quién no, sino de quién puede permitirse que la IA trabaje de verdad. La IA cara será para producir y ganar mercados; la barata será para el uso casual.

Visión Estratégica

La inteligencia ilimitada no existe. Alguien paga la factura de los chips, la energía y los servidores. Hasta ahora, lo pagaba el capital riesgo para capturar usuarios; a partir de ahora, lo pagará la eficiencia de las empresas.

La recomendación para el ecosistema corporativo y educativo es clara: el valor real de la IA en 2026 no está en el acceso, sino en la capacidad de orquestar estos agentes para generar un retorno que justifique su costo. La IA ya no es un gasto operativo menor; es una ventaja competitiva de capital.

Nunca fue tan fácil crear una startup y nunca fue tan difícil construir una que importe.

Nunca fue tan fácil crear una startup y nunca fue tan difícil construir una que importe.

La inteligencia artificial está acelerando todo: ideas, producto, ejecución, automatización, salida al mercado. Lo que antes tomaba meses, hoy puede tomar días. Lo que antes exigía estructura, hoy muchas veces exige algo más difícil: criterio.

Y eso está cambiando el juego completo.

Stanford reportó que en 2024 el 78% de las organizaciones ya estaba usando IA, frente al 55% del año anterior. Además, la inversión privada global en IA generativa llegó a 33.9 mil millones de dólares en 2024. No estamos hablando de una tendencia en exploración. Estamos hablando de una nueva base operativa para competir.

Eso tiene una consecuencia directa para el mundo startup: bajar barreras de entrada también baja el valor de muchas ventajas que antes parecían diferenciales.

Si todos pueden prototipar más rápido, escribir más rápido, producir más rápido y automatizar más rápido, entonces la ventaja deja de estar en hacer. Y vuelve a estar en entender.

Entender mejor el problema.

Entender mejor al usuario.

Entender mejor qué espacio de mercado vale la pena ocupar.

Y sobre todo, entender que usar IA ya no va a ser una ventaja competitiva. Va a ser lo mínimo.

 

De hecho, Y Combinator reveló que una cuarta parte de las startups de su batch W25 tenía codebases casi completamente generadas por inteligencia artificial. Eso no solo habla de velocidad. Habla de algo más importante: la ejecución se está volviendo commodity más rápido de lo que muchos imaginan.

Por eso creo que el futuro de las startups no se va a definir por quién adopte IA primero, sino por quién logre construir algo menos replicable con ella.

Porque la IA puede acelerar una compañía.

Pero no puede inventarle una posición.

No puede darle una mirada.

Y definitivamente no puede construirle una marca con algo propio que decir.

 

Vamos a ver más startups, sí.

Más MVPs, también.

Más eficiencia, sin duda.

 

Lo que todavía no está garantizado es ver más relevancia.

 

Y ahí es donde empieza lo verdaderamente escaso.

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